La Odisea es lo que es -un relato fascinante que atraviesa generaciones como si viniera en el alma humana con cada bebé- porque Ulises pasó las mil y una.
No habría Odisea si Ulises hubiese dejado Troya y hubiera navegado por el Mediterráneo plácidamente hasta el puerto de Ítaca donde su reina, su heredero y su pueblo lo habrían estado esperando con una fiesta popular, un masaje y una siesta.
Ulises no habría sido Ulises sin cicones ni lotófagos, Circe ni lestrigones, cíclope, sirenas ni Calipso.
Jamás hubiéramos escuchado la historia de Ulises si su regreso hubiese sido un paseo sin sobresaltos.
Sin sufrimiento no hay épica. Sin épica, no hay leyenda.
Tampoco este final de Messi en la Selección sería igual sin su propia odisea.
El Messi que conocemos -mucho después de inyectarse él mismo las dosis para crecer cuando era un nene, y de unir su ilusión en el Barsa en una servilleta- también forjó su leyenda en los precipicios de la desventura.
Adentro de este Messi pura gloria hubo un Messi que amagaba -y no conseguía- ser en la Selección el tremendo crack de brillo mundial que ya era en el Barsa todos los fines de semana.
Hubo muchos partidos con Messi deambulando por una raya o la otra, mirando el piso, mudo, lejos de la pelota, ausente cuando la épica pedía otra página que quedaba en blanco, mientras la Selección perdía. Partidos y finales.
A su pesar, estaba claro que la Selección lo necesitaba en modo Barsa. Y es un hecho que, en aquellos días, sus actuaciones albicelestes no conseguían replicar las maravillas blaugranas.
Fueron años de allá sí y acá no, con frustraciones americanas y cuatro mundiales sin ninguna flor.
Messi fue la jovencísima promesa en Alemania; un amago en Sudáfrica con la particularidad de no convertir ni un gol en el momento de su carrera en que los hacía de a tres en Cataluña; una buena actuación con final perdida en Brasil y una desilusión general en Rusia, cuando había vuelto a la Selección después de haber renunciado en 2016 por sentir que no podía quebrar la maldición de ganar algo con el equipo con el que se habían elegido mutuamente.
En la Copa América fueron cinco torneos seguidos sin títulos, hasta que algo pasó.
No cambió algo en él porque empezó a ganar, sino que empezó a ganar porque algo cambió en él con la piel celeste y blanca.
Eso se ve clarísimo en 2021. Messi no sólo jugó un torneo magnífico sino que ejerció su capitanía en un grado de intensidad y persistencia que no se le había conocido hasta entonces, más allá de los resultados.
Cuando Colombia empató la semifinal y volvían los fantasmas, Messi ya no deambulaba en los rincones, cabizbajo -como había ocurrido en otras ediciones-, sino que pedía la pelota para encarar de nuevo.
Hasta esa vez, nunca lo habíamos visto gritarles a los compañeros (¡Vamos a tenerlaaaaaaaa!) ni discutirle al árbitro hasta los laterales. Fue la noche del «mirá que te como, hermano» del Dibu Martínez.
Creer o reventar: Messi nunca había sido tan capitán y un arquero argentino nunca había atajado tres penales en un mismo partido.
Todo terminó con triunfo, vuelta olímpica ante Brasil y el hechizo partido como un espejo viejo.
La saga gloriosa continuó con la Copa del Mundo en Qatar, la finalissima, otra Copa América y la final del último Mundial, donde Messi fue otra vez un capitán gigante.
No porque ganó o perdió, sino porque desde que se creyó su rol desplegó las alas que lo (y nos) llevaron al cielo.
Si Ulises se vuelve más fuerte con cada adversidad y llega a Ítaca bordeando los 40, Messi convierte 15 de sus 21 goles en mundiales después de cumplir los 35 años. Y elige reposar a la edad de Ulises.
Si el héroe de Homero llega al súmmum del final doblando con sus brazos el arco de Éurito, Messi lo consigue eliminando en la última semifinal nada menos que a Inglaterra, mientras piensa que así gana tiempo para que al partido siguiente al fin llegue su papá, que no podrá hacerlo.
La historia gigante de Messi en la Selección es incompleta sin aquellos años de frustraciones deportivas.
Olvidar los partidos donde sólo fue un jugador común es negar lo mejor de la historia, que es las veces que volvió a levantarse. Ignorar el punto de apoyo desde el que se reinventó. Y cómo se fue haciendo mejor, desafiando al tiempo y a sí mismo.
No es la euforia de sus triunfos sino la épica de sobreponerse a aquellas caídas con la Selección lo que agiganta su figura. Y la vuelve eterna.
Secretario de Redacción. Editor Jefe. [email protected]
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