Juan Marzio Fazzini nació en el norte de Italia hace 85 años y en su infancia iba en bicicleta a buscar la leche de cada día esquivando los bombardeos de los aliados en plena Segunda Guerra Mundial. Llegó a la Argentina a los 6 años y contrariando el mandato paterno de ser ingeniero se dedicó al periodismo, su verdadera vocación, especializándose en automovilismo y fútbol, pero sin dejar de cubrir hechos históricos que excedían el deporte, como el regreso de Perón al país en la masacre de Ezeiza.
Se formó en la gráfica en madrugadas eternas invadidas por el humo del cigarrillo con las viejas máquinas Olivetti en el ya extinto diario La Razón y alcanzó su pico de popularidad en la radio como comentarista de Víctor Hugo Morales, a pesar de su voz rasposa y poco “radiofónica”. Entrevistó a figuras emblemáticas del deporte como Enzo Ferrari, Johan Cruyff, Alfredo Di Stéfano, Niki Lauda y Ferenc Puskás, se hizo muy amigo de Carlos Reutemann y Gilles Villeneuve, considera a Juan Manuel Fangio el mejor deportista argentino de la historia y, a pesar de ser hincha de Boca, asegura que disfrutaba viendo jugar a River.
Dueño de una memoria fabulosa, el Tano Fazzini repasa experiencias muy fuertes que atravesaron su vida, bucea en los entresijos de algunos de los protagonistas más salientes del deporte y entrega una mirada comparativa muy interesante entre el periodismo de antes y el actual, entre la sociedad de antes y la actual, contestando las 100 preguntas con el espíritu docente que lo caracterizó durante los casi 20 años en los que dio clases de Física, Tecnología y Dibujo Técnico en el Ingeniero Huergo. A disfrutarlo.
1. -¿Por qué te pusieron “Marzio” de segundo nombre?
-Marzio con zeta, eh. Fue por un soldado del imperio romano, le gustó a mi vieja y me cagó la vida (risas), porque me han hecho cada quilombo con ese nombre: lo traducían Marciano, María, Marino, de cualquier manera. Juan también lo eligió mi madre por su hermano mayor, que murió en la Primera Guerra Mundial.
-En Varese, a 60 kilómetros de Milán, cerca de la frontera con Suiza, en la región de Lombardía, el 27 de octubre de 1940. Varese tiene un gran equipo de básquet y es la ciudad donde nació Roberto Bettega, el que integró la delantera de la selección italiana que le ganó 1-0 a Argentina en el Mundial 78: Causio, Tardelli, Paolo Rossi, Antognoni y Bettega, que además metió el gol en en ese partido. Vinimos aquí cuando yo tenía 6 años, pero regresé varias veces a mi ciudad porque mi papá trabajaba en Aerolíneas Argentinas, era mecánico de vuelo y tenía un boleto gratis por año para su familia. En realidad, al principio se llamaba FAMA, Flota Aérea Mercante Argentina, luego Perón la nacionalizó en 1950 y pasó a ser Aerolíneas Argentinas. Eran aviones de 50 personas, tardabas 34 horas en llegar a Roma: hacía escalas en Río de Janeiro, Natal, Dakar, Casablanca, Madrid y recién después aterrizabas en Roma.
3. -¿Recordás algo de tu infancia en Varese?
-Me quedan imágenes de salir en bici con mi mamá y con mi hermana mayor en plena Segunda Guerra Mundial para ir a los refugios cuando sonaban las alarmas. Al ser Lombardía una región muy industrial, era muy apetecida y muy bombardeada también. Los refugios estaban bajo tierra y en un momento mi mamá decidió cambiar la estrategia y empezamos a ir a dos plazas grandes, con un razonamiento lógico: como había verde, no existía nada para bombardear, y ahí nos quedábamos, debajo de algún árbol, sentados en el pasto.
4. -Mucha bicicleta en la infancia, entonces.
-Pedalear era el primer mandamiento en aquella época de guerra y yo salía a buscar la leche todos los días a la casa de mis abuelos. En invierno hacía 15 grados bajo cero, terrible frío, acá baja un poco la temperatura y dicen que hace frío y nada que ver (risas). Mi abuela era una potentada en esa época: ¡tenía cinco vacas! Y había un litro de leche para cada nieto, entonces iba en bici a buscarla, su casa estaba a uno o dos kilómetros. Una vez, mirando para arriba porque había bombardeos, me asusté al cruzar la vía del tranvía y se me metió la rueda entre las vías. Me caí y me levantaron justo, no me corté toda la cara de milagro. Volví sin la leche a casa y mi viejo me agarró de una oreja. Mi viejo era el motor de un avión: las cosas estaban bien o mal, no había término medio.
5. -¿Por qué eligieron venir a la Argentina?
-Italia perdió la guerra y mi padre buscó trabajo para irnos de ahí. Había dos opciones: Estados Unidos, en la fábrica Boeing, y Argentina, donde tenía una hermana viviendo desde 1938. Consiguió una propuesta del gobierno argentino en FAMA. Mi papá prefería ir a Estados Unidos; mi mamá, no. “Vamos a la Argentina, ahí nunca va a haber guerra”, dijo, y nos dejaron en Puerto Belgrano, al lado de Bahía Blanca. Al poco tiempo, Piero, mi finado padre, preparó el avión en el que Evita viajó a ver al Santo Padre Pío XII y a Francisco Franco, en 1947. ¡Mirá la responsabilidad que tenía! En ese momento el aeropuerto no estaba en Ezeiza, sino en Morón, y mi papá me llevó para que conociera a la esposa del presidente. Antes no había manga ni nada, Evita fue caminando por la pista y me acarició la cabeza al costado del avión, antes de subirse. Tenía guardada esa foto, la fui a buscar para esta nota pero me enteré que una gotera en la baulera me hizo pomada un montón de material. Una pena.
6. -¿En qué vinieron a la Argentina?
-En el barco Ciudad de Santa Fe, de la empresa Alberto Dodero. Fueron 19 o 20 días de viaje, salimos de Génova, veníamos en tercera clase, los cuatro en un pequeño camarote, y yo me escapaba arriba, a la primera, porque había más luz. Llegamos a la dársena de Puerto Nuevo, dormimos una noche en el Hotel de los Inmigrantes, que lamentablemente se ha perdido porque fue parte del desarrollo de Puerto Madero. Y al día siguiente tomamos el tren en Constitución que nos llevó a Bahía Blanca, y de ahí un ómnibus a Puerto Belgrano, donde todavía hoy está la base naval. Como te contaba recién: generó tan buena impresión el trabajo de mi padre en el avión que llevó a Evita que al año siguiente lo trasladaron a Buenos Aires y aquí nos instalamos en Villa Urquiza, donde sigo viviendo hasta hoy.
7. -¿Llegaste a sufrir hambre en Italia?
-No, porque el vaso de leche lo teníamos. No se comía carne, es cierto, pero el plato de minestrone también estaba todos los días.
8.-¿Te costó aprender castellano?
-A los tres meses de empezar la escuela en Puerto Belgrano recibí un “felicitado” en el boletín por mi “asimilación idiomática” Aprendí con mis compañeros en la escuela y andando por la ciudad. Me hice amigo de pescadores y salía con ellos, me acuerdo de Salvatore, un italiano que había venido antes de la guerra. Una vez volví tarde, a las 10 de la noche, y en mi casa me daban por fenecido. Se vino el castigo, que era un buen tirón de orejas, una cachetada o mandarme a la cama senza mangiare. O sea: sin comer. Mi vieja, igual, algo me pasaba a través de la puerta, a escondidas de mi padre.
9. -¿Cobrabas seguido de chico?
-Me ligué varias palizas. Una que no me olvido más fue por ratearme del colegio, en la primaria. Iba a una escuela acá cerca, en Pampa y Estomba, tenía de compañero de banco a un rubiecito que jugaba muy bien a la pelota en los picados. Después se anotó en las inferiores de Ferro y la rompió en Boca y en la selección, si hasta fue elegido el mejor lateral izquierdo del Mundial de 1966. Un tal Silvio Marzolini. Con Silvio nos escapábamos una vez por semana a una canchita que estaba a unas cuadras, en el club Titanes de Belgrano. Un día, papá me fue a buscar a la escuela, salían los pibes, salían y salían, y yo no aparecía. Cuando volví a casa tratando de disimular los zapatos gastados por jugar a la pelota, uf, cachetada, a dormir sin comer y al año siguiente me mandó pupilo al colegio Don Bosco de Ramos Mejía.
10. -¿Cuánto tiempo estuviste pupilo?
-Un año, sexto grado. “Yo te voy a curar”, me dijo mi viejo y chau, me llevó el 8 de marzo al colegio pupilo y estuve adentro hasta el 8 de diciembre. Ni siquiera salía los fines de semana, una vez por mes me venían a visitar mi mamá y mi hermana, mi viejo ya estaba instalado en Senegal por su trabajo. Me hizo muy bien por dos razones: primero, el colegio tenía mucho verde, había tres canchas de fútbol y jugábamos seguido a la pelota, y después porque estando adentro tantos días aprendí mucho de geografía e historia. También tenía mis escapadas con un par de amigos, íbamos a tomar chocolate con churros al centro de Ramos Mejía en un bar que los hacía espectacular.
11. -¿Terminaste el secundario?
-Sí, en un industrial, y después empecé ingeniería en la facultad, porque era lo que pretendía mi padre. Mi viejo fue el menor de ocho hermanos y el único que pudo estudiar, porque los otros debieron trabajar en el campo y en las fábricas. El viejo se peleó aquí con los sindicatos y se fue a trabajar a Dakar y se alejó de la familia, yo la veía llorar a mi vieja, pobre. Venía dos veces por año, y para llamar su atención lo golpeé en lo que más sentía: dejé la facultad. Cuando vino de un viaje y fue a buscarme a la facultad, le dijeron que yo no iba hacía meses, vino a casa, tuve que blanquear y su respuesta fue otra vez un cachetazo. Ahí me anoté en el Ministerio de Educación que me dio un título de maestro de enseñanza práctica y entré a la docencia en el colegio Ingeniero Huergo. Di clases durante casi 20 años de Física, Tecnología y Dibujo Técnico.
12. -¿Te sentís más argentino o italiano?
-Mirá, te voy a responder con una historia muy dura que me tocó vivir cuando daba clases en el Huergo. Años 70, se hablaba del regreso de Perón y yo charlaba con los alumnos, tenía feeling con ellos. La juventud peronista estaba enquistada en los colegios y universidades, los chicos venían con las vinchas que tenían las imágenes de Perón, Evita y el Che Guevara, una al lado de la otra. “Ojo que Perón se vuelve más viejo y enfermo”, les decía. A través de un familiar de la segunda pareja de mi padre que vivía en Europa yo me había enterado de que Perón tenía una enfermedad grave. Uno de los alumnos con los que charlaba era Hugo Omar Lambers, que terminó siendo una de las víctimas de la masacre de Ezeiza, en el regreso de Perón al país. Me dolió tanto lo que le pasó a este chico, que en ese momento estaba haciendo los papeles para obtener la ciudadanía argentina y los rompí, me quedé con la italiana.
13. -Te lo pregunto de otra manera: juegan Argentina e Italia, ¿por quién hinchás?
-Ya me tocó cubrirlo en el Mundial 78 y en el 82, y en ambas ganó Italia, pero me abro, no puedo elegir. Mi padre me hablaba mucho de un delantero del Inter, Giuseppe Meazza, campeón del mundo con Italia en el 34 y 38, campeón olímpico en el 36. Me contaba que tenía un pique corto fabuloso, el mismo pique que después le vio a Walter Gómez en River y por ese motivo mi viejo se hizo hincha de River. Meazza y Walter Gómez, como Messi hoy, lo mejor que tenían era la aceleración, que es el incremento de la velocidad. Y por eso yo empecé a ver a River, nos íbamos caminando desde casa, con los chicos del barrio, aun siendo yo hincha de Boca.
14. -¿Quién te hizo hincha de Boca?
-Mi tío Pierino, el marido de mi tía Leonilde. Tenía un micro tipo bañadera, sin techo, que en la semana llevaba gente a los colegios y los domingos lo llenaba con hinchas para ir a la Bombonera. Como papá estaba mucho tiempo afuera, mi tío pasaba a buscarme y me llevaba. Íbamos detrás del arco, a la bandeja más alta. Cuando murió mi tío empecé a ir con amigos. Pero era curioso, yo era hincha de Boca pero iba a ver la Reserva de River. No a la Primera, eh, a la Reserva. No jugaban Vernazza, Prado, Walter Gómez, Labruna y Loustau. Yo iba a ver a Respuela, Gambardella, Menéndez, Sívori y Zárate. En ese momento no los conocía nadie, era un lujo verlos, tiempos en que jugaba la Tercera a las 11 de la mañana, después la Reserva a la 1 y a las 3 de la tarde arrancaba la Primera. Veías los tres partidos, era un programón. Fui socio de River y hasta probé en el equipo de waterpolo. De Boca nunca fui socio.
15. -¿Cuál era el cantito que más sonaba en la Bombonera y quién era tu ídolo?
-El cantito era “Yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con B… Boyé”. Y el jugador que más me gustaba era Víctor Eliseo Mouriño, el más pensante del equipo. Era el 5, el centrohalf. Formaban así: Musimessi, Colman y Otero; Lombardo, Mouriño y Pescia; Navarro, Baiocco, Borello, Rosello y Marcarián. Pescia era el corazón y el coraje; Mouriño la reflexión, vendría a ser lo que es este Paredes de hoy, que trajo un poco de fútbol y reflexión a Boca.
16. -¿Lloraste alguna vez por Boca?
-Recuerdo una vez en el 55, cuando River nos ganó 2-1 en la Bombonera y se consagró campeón, un domingo por la mañana. Íbamos 1-0 arriba con gol de Etcheverry y cerca del final, en dos minutos, con goles de Labruna y Zárate, nos dieron vuelta el resultado. Nos fuimos con los pibes del barrio caminando desde la Boca hasta el Correo Central para tomar el subte. Ese día volví llorando a casa. Ya en el 54 nos habían ganado los dos superclásicos, el segundo con paliza en el Monumental y ahora otra vez, ya me jodía mucho.
17. -¿La mayor alegría con Boca?
-Me gustó mucho el Boca de Bianchi, un equipo medido, inteligente, bien balanceado. Me agarró de grande, con muchos años en el periodismo, pero lo disfruté igual.
18. -En tu prime, con Víctor Hugo en la radio, nunca blanqueaste que eras hincha de Boca, ¿no?
-No, porque tampoco me extralimitaba como se hace ahora. Alguna vez dije que era hincha de Argentinos Juniors porque realmente íbamos a verlo, estaba cerca del barrio. Las malas lenguas dicen que (Carlos Vicente) Aloé, hombre de Perón, gobernador de la provincia de Buenos Aires, favoreció a Estudiantes, que fue campeón, en la B, en 1954, postergando a Argentinos, que se consagró al año siguiente. Lo seguíamos al Bicho en esa época, era un gusto verlo jugar: Madeira, Mascarello, Di Stéfano, Vidal, Pederzoli, Martín, Carbone y Trigilli. Me asocié al buen juego con ellos. Los amigos de aquel tiempo con los que sigo yendo a tomar café me cargan y me dicen que era un hincha de Boca camuflado.
-En la calle, con los amigos. Zurdo, jugaba de 3, pero era más observador que hábil. Nunca me he destacado.
20. -¿Te gustan otros deportes?
-Pocas cosas tengo más en mi mente que la final de los 100 metros llanos en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960. En aquel momento tenía 19 años, el hermano de mi mamá vivía en Roma y trabajaba en las empresas de transporte público que llevaban a los atletas de los Juegos de un escenario a otro. “Si tu padre te consigue un boleto a Roma, podés ver conmigo los Juegos Olímpicos”, me escribió en una carta. Y ahí estuve: vi a Cassius Clay campeón olímpico medio pesado, porque arrancó como medio pesado, presencié en vivo la final de los 100 metros llanos donde el hombre por primera vez los corrió en 10 segundos. Ganó un alemán, Armin Hary, fue la última vez que un rubio ganó los 100 metros. Cuando cruzó la meta del estadio Olímpico se produjo una ovación que aún hoy tengo en mis oídos, es el aplauso de la lírica.
21. -¿Dónde estudiaste periodismo?
-Fui al Círculo de Periodistas Deportivos gracias a Carlos Poggi (padre de Guillermo), que había sido mi compañero en el secundario. Un día lo encontré a Carlitos en la calle y me tiró el anzuelo: “¿Por qué no venís al Círculo?”. Él ya estudiaba ahí. Entré más que nada como una distracción porque me encantaba el deporte. Fui compañero de Fernando Niembro, entre otros, y me recibí en el 68 con diploma de honor.
22. -Tu primer trabajo como periodista.
-En Radio Rivadavia, pero esto ocurrió antes de ponerme a estudiar en el Círculo. Mi padre conocía a José María Muñoz de su trabajo con los aviones y le habló para ver si me conseguía algo. Arranqué en el fútbol de ascenso, los sábados, con Jorge Bullrich. El Negro te preguntaba la edad y a los jóvenes los mandaba a las canchas más lejanas: Temperley, Adrogué, Banfield. Tomaba el colectivo hasta Chacarita, tren a Retiro, subte línea C a Constitución y el tren Roca para el sur y después otro colectivo, dependiendo de la cancha. Y solo para pasar el resultado y quién había metido los goles, porque era conexión secundaria. Tenía que salir del estadio y llamar por teléfono.
23. -No existían los celulares, ¿cómo llamabas?
-Llamaba desde donde se podía, tenías que pedirle permiso a una vecina. En Sarandí, por ejemplo, había que preguntarle a Julio (Grondona) qué doña del barrio tenía un teléfono para prestarnos. Ahí ya estaba en La Razón y en cuanto metían un gol había que salir corriendo a contarlo por teléfono y volver a la cancha, y si metían otro gol, lo mismo. Julio te abría las puertas, después nos hicimos amigos con los años. Antes, era todo más vocacional, era soñar con que algún día te iban a dejar tocar la máquina Olivetti, que tengo en un rincón de mi escritorio.
24. -¿Cuánto tiempo trabajaste en el ascenso?
-Poco, era un trabajo que te demandaba mucho esfuerzo y solo para pasar un resultado, además Bullrich ejercía maltrato, no me gustaba lo que hacía, incluso existían algunos manejos turbios. Recuerdo que le mandé una postal a mi papá, porque ya estaba en África, y en esa época se usaba mucho la postal, y le agradecí el pie que me había dado pero que lo dejaba.
25. -¿De dónde conocía tu papá al Gordo Muñoz?
-José María era pañolero en FAMA. Los pañoleros eran los que iban con un carrito, que se llama pañol, y le pasaban las herramientas al mecánico de los aviones, que estaban sobre las alas arreglando las turbinas, y no podían bajar a cada rato. Muñoz era el pañolero de mi viejo y cada tanto, como tenía pasión por el relato, el Gordo subía a la cabina, se ponía los auriculares, agarraba el micrófono y relataba partidos imaginarios. Así descargaba toda la batería, y cuando el avión tenía que salir, no podía, debían reprogramar. ¡Lo querían matar a José María! Finalmente dejó los aviones y se metió de lleno en el relato deportivo, que era su pasión.
26. -¿Cuándo empezaste a vivir del periodismo?
-Di clases en el Huergo entre el 62 y el 78, pero ya a comienzos de los 70 empecé a trabajar en La Razón y a viajar por el mundo. Al diario entré de casualidad. Estando en el Huergo, el jefe de celadores me comentó que el padre de un alumno quería hablar conmigo. Rarísimo, porque yo no citaba a ningún padre. Era un tal Domínguez, que resultó ser el jefe de Deportes de La Razón. “Vengo a verlo porque estoy desesperado con mi hijo, con usted tiene la nota más alta”, me dijo. ¡Y conmigo tenía 5, imaginate con el resto! Charlamos, se dio cuenta de mi afición por el deporte, le conté que había trabajado en el ascenso para la radio y que me había recibido hacía un año en el Círculo con buenas notas. “Si quiere probar, venga al diario, que yo le tiro una máquina a ver a qué se anima”, me dijo.
-Sí, claro, pero había que hacer toda la escala. Como privilegio arranqué en Primera B, porque la mayoría empezaba en la C. Pasaba por teléfono pero no solo el resultado sino una crónica, ya era algo más importante que en la radio. Me catapulté enseguida, y me tocó cubrir las Eliminatorias de la Selección para el Mundial de México 70. Me llegaron a acreditar para la Copa del Mundo, pero nos eliminó Perú en la cancha de Boca, me quería morir. Ese día también volví llorando a casa. Los peruanos tenían un equipo que Dios me libre, a Marzolini lo volvieron loco, pobre.
28. -¿Cómo empezaste a cubrir la Fórmula 1?
-Ahí creo que tuvo que ver la nutrición familiar, porque soy técnico mecánico. Don Félix Laiño, mi maestro en La Razón, me había dicho en un momento que los Peralta Ramos, dueños del diario, eran fierreros y querían que yo cubriera las carreras. Y Don Félix me dio una gran lección que atesoré por siempre. Me dijo: “Usted va a viajar por el mundo, no me cuente solo la carrera, lleve a la gente a viajar con usted”. Me pedía que no me quedara en las cuatro ruedas, sino que describiera la vida en Sudáfrica o en Australia o donde fuera. Aparte yo hablo italiano, francés, un poco de inglés, y eso sumaba para que fuera el enviado especial. Encima, el N° 1 de automovilismo del diario, que era Miguel Ángel Merlo, se había ido a Clarín, entonces existía una acefalía. Así arranqué. “Lleve a la gente a viajar con usted”, buenísimo ese concepto.
29. -¿Solo cubriste deportes en el diario?
-No, entre el 71 y el 77 me tocó contar la construcción del puente Zárate Brazo Largo. En la redacción preguntaron si alguien se animaba a hacer la cobertura, había gente más grande que yo, pero como nadie levantaba la mano, dije: “Tengo idea de lo que es una viga, soy técnico mecánico”. Me preguntaron si me animaba, contesté que sí, y ahí nomás me asignaron ese tema: los fines de semana cubría fútbol y Fórmula 1 y en la semana hacía información general, iba a Zárate a seguir la construcción del puente.
30. -¿Hiciste periodismo político?
-Fui uno de los 14 enviados que el diario mandó a la autopista Riccheri para cubrir el retorno de Perón en 1973. Estaba en el Puente 12, nos repartieron por áreas. Fue un desastre, se desató la balacera entre las distintas facciones del peronismo, yo la miraba desde adentro del auto del diario, y al final Perón aterrizó en Morón.

