Argentina está otra vez entre los cuatro mejores equipos del mundo. Y aunque el camino haya estado lleno de sufrimiento, eso es lo verdaderamente importante. Después habrá tiempo para analizar rendimientos, errores y virtudes. Pero no perdamos de vista lo esencial: esta Selección volvió a instalarse entre las potencias del fútbol mundial.
El partido contra Suiza nos hizo pasar por todos los estados de ánimo posibles. La tranquilidad del gol tempranero. La desazón del empate. La esperanza que generó la expulsión de Embolo. La ansiedad cuando los minutos pasaban y el segundo gol no llegaba. Y, finalmente, el desahogo con los tantos de Julián Alvarez y Lautaro Martínez. Es difícil explicar todo lo que se vive en noventa minutos de un Mundial. Lo único que queda cuando termina es la felicidad de seguir en carrera.
Ahora bien, antes de ese final feliz hubo un partido de fútbol y Argentina, esta vez, no pudo mostrar su mejor versión. Lo que normalmente hace mejor, no le salió. La presión alta no funcionó con la eficacia habitual. Tampoco la recuperación inmediata después de perder la pelota. Ni siquiera pudo imponer durante largos pasajes esa tenencia que suele desgastar al rival.
Y también hay que darle mérito a Suiza. Hizo un gran partido, encontró los espacios y obligó a Argentina a jugar el encuentro que menos le conviene. Lo empujó hacia atrás, cerca de su propia área, donde la Selección sufre más. Ahí aparecen las dificultades para recuperar la pelota y para controlar el ritmo del partido. El gol suizo no fue casualidad: llegó después de una posesión larguísima que mostró exactamente dónde estaba el problema.
La expulsión cambió el desarrollo. No porque trajera tranquilidad automática, sino porque modificó el escenario. Suiza ya no pudo sostener la misma intensidad y Argentina volvió a adueñarse de la pelota. Y cuando este equipo empieza a manejar el balón, siempre aparece la sensación de que alguno puede inventar algo diferente.
Vi a un Messi administrando esfuerzos. Me dio la impresión de que sintió el desgaste físico y entendió que debía jugar otro partido. Tuvo un par de aceleraciones importantes, pero después eligió manejar los tiempos desde más atrás. Esa también es una muestra de inteligencia. A los 39 años ya no necesita correr todas las pelotas para seguir siendo determinante.
Y apareció Julián Alvarez. Muchos esperábamos que volviera a encontrarse con el gol y llegó en el momento justo. Después Lautaro terminó de liquidar la historia. Dos delanteros que quizás no habían tenido su mejor tarde terminaron resolviendo una clasificación de esas que quedan en la memoria.
Por eso me parece importante bajar un cambio con algunos análisis. Argentina no es mucho más que los otros tres semifinalistas. Pero tampoco es mucho menos. Este Mundial está demostrando que las diferencias son mínimas. Todos sufren.
Nosotros vemos únicamente los defectos de Argentina porque la miramos con los ojos del hincha. Con la ansiedad de quien siente que cualquier error puede dejarnos afuera. Pero cuando uno observa a los demás con la misma atención descubre que Francia también tuvo enormes dificultades para avanzar. Que España ganó varios partidos con muchísimo esfuerzo. Que Inglaterra también atravesó momentos muy complicados. Nadie está pasando por arriba a los rivales.
Por eso no comparto esa sensación de que Argentina está haciendo todo mal. Claro que hay cosas para corregir. El partido frente a Suiza dejó aspectos que Scaloni seguramente trabajará antes de la semifinal. Pero también confirmó muchas fortalezas que este equipo mantiene intactas.
Y hay una que para mí marca la diferencia por encima de cualquier cuestión táctica. La emoción.
La satisfacción con la que festejan cada clasificación. El sacrificio que hacen unos por otros. La manera en que se sostienen cuando el partido se pone cuesta arriba. Ese corazón colectivo no aparece solamente en los festejos finales: se ve durante los noventa minutos.
Ese espíritu no garantiza ganar un Mundial. En el fútbol nadie puede prometer eso. Pero sí puede convertirse en el pequeño detalle que incline una semifinal pareja. Y cuando quedan apenas dos partidos para tocar la gloria, esos pequeños detalles suelen valer mucho más que cualquier sistema táctico.
Ex futbolista y director técnico. Jugó el Mundial de Italia 1990 con la Selección Argentina. [email protected]
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