En habitaciones más bien chicas, con las ventanas y puertas cerradas, el volumen al mango y el teléfono, lejos. Si es posible, en soledad. Por cada hincha hay un escenario, pero no es aventurado pensar que muchos argentinos preparan así el suyo antes de los partidos del Mundial. Con todo dispuesto para que no se cuele otra información más allá de la que emite el televisor.

Es un manifiesto en contra de un enemigo invisible, pero no inaudible. El delay. El poder destructor de este malhechor se nuclea en tres puntos clave: el sonido, el tiempo y el ser humano. ¿Y qué rompe? La sorpresa. Es decir, la emoción.

Parece que cuanto mayores son los avances tecnológicos, mayor es el delay. A más oferta, más líneas temporales; como las películas de Marvel y sus multiversos o la chino-estadounidense que ganó el Oscar, en donde pasa todo en todas partes y al mismo tiempo. En esta tele, Argentina va ganando uno a cero, pero en la del medio de la redacción, empata. En el fondo, Messi está a punto de hacer un gol. Acá ni siquiera tiene la pelota.

La palabra delay está en inglés, pero viene del francés délai o delaier, que significa algo así como “aplazar”, “postergar” o “demorar”. Uno de los antecedentes más lejanos de su uso nos lleva al siglo XII. Más precisamente a la frase: “Dijo Renoart: pueden demorar demasiado” (“Dist Renoart: Trop poez delaier…”), que es parte del poema épico medieval Aliscans. La Academia Francesa lo confirma. Más acá, Federico Moura vaticina su poder aniquilador: “Voces en delay / simulan ondas que no veré / pretenden cautivar”.

Pero hay mucha distancia entre “Dist Renoart: Trop poez delaier…” y los dos vecinos que el otro día se agarraron a las trompadas en José C. Paz porque uno cantó los goles antes.

A riesgos de caer en termicismos, no hay peor sensación para un futbolero de pura cepa que ver un partido de su equipo en TV y que el resto se entere antes (¡y encima le diga!) qué va a pasar. Una manifestación breve y agresiva del FOMO -el temor o ansiedad social a perderse una experiencia gratificante-, palabra tan de moda en nuestros tiempos.

Los factores para que el delay arruine la experiencia futbolística del hincha son múltiples, pero se dividen en dos grandes grupos: los tecnológicos y los humanos. Sin tele atrasada y sin persona que grite no hay fenómeno.

Hay que hacer una salvación: el retraso se vuelve nocivo cuando la distancia entre la acción humana y el hecho en pantalla es mínima. Si, en cambio, el delay es de treinta segundos o más, el perjudicado es hiperconsciente de su penosa situación y lo vive distinto, resignado mientras espera festejos ajenos o sumido en el vano intento de lograr la máxima concentración.

El peor coitus interruptus televisivo se produce cuando una persona que logró la abstracción es truncada en una situación anodina de juego en la que el peligro no es palpable. Si en ese momento se oye de fondo un “¡Gol!”, la sorpresa es arruinada de sopetón y la espera hacia la gloria es intervenida por la bronca.

Uno más o menos puede prever cuál será el equipo goleador. Casi siempre es el más grande, porque tiene más hinchas y se hacen notar, o el que está más cerca del arco ajeno. Pero si sucede lo contrario, ¡qué fiesta! Eso sí: es muy poco probable que se dé una mamushka de delays, es decir, que la sorpresa la aporte el propio retraso. Un fenómeno de inversión de las expectativas que siempre es bienvenido. Por ejemplo, puede darse cuando un equipo roba la pelota en su propia área y transforma el gol en una contra mortífera.

El delay es primo del spoiler. Proviene de lo mismo: de perder la oportunidad de sorprenderse. Sin embargo, con la segunda o tercera experiencia arruinada, algo empieza a pasar. Y acá se produce el volantazo. La epifanía.

¿Qué me gusta del fútbol? El delay me planteó esta pregunta y la siguiente: si en una película muchas veces importa el proceso y no el final, ¿por qué me hallo tan desesperado por evitar saber de antemano un resultado? El haber motivado dichas reflexiones, por menos ricas que sean, puede ser justificación suficiente para empezar a dejar de despreciarlo. A contemplar la posibilidad de una tregua.

El delay es como la muerte: inevitable y perjudicial para terceros. Las personas son incapaces de dejar de exclamar, de frenar su impulsos pasionales. Es como pedirle a alguien que no pestañee durante un día completo. Inconscientemente, lo hará. Esto quizá conduce a una conclusión: hay veces en que hay que entregarse a él.

Cuando se da el salto de fe, se acepta que la batalla está perdida, que no es posible atestiguar en cuerpo y alma el suceso histórico, empieza a ocurrir la magia. La espera se convierte en una fábrica de expectativas. El cuerpo anticipa, calcula, se equivoca y empieza a encontrar nuevas formas de sorpresa. La neurociencia ofrece una explicación posible para esa sensación.

Los estudios sobre el error de predicción de recompensa enfocados en la ludopatía que iniciaron Wolfran Schultz, Peter Dayan y P. Read Montague, dan una pista: muestran que el cerebro no procesa únicamente lo que pasa, sino también la diferencia entre lo esperado y lo que finalmente ocurre. El neurocientífico Brian Knutson suma que ciertas áreas cerebrales se activan incluso antes del resultado, durante la espera.

Esto quiere decir que en ese intervalo aparece la dopamina no como una simple hormona del placer, sino como una señal de expectativa. El cerebro libera dopamina cuando anticipa una recompensa posible y, sobre todo, cuando detecta que la realidad puede desviarse de lo previsto.

La oreja derecha apunta hacia un lejos, a la dirección de donde provendrá el spoiler, y la izquierda, a los relatos de la TV atrasada que contiene la imagen.

Quien en cada jugada de Argentina aguarde el grito anticipatorio caerá en la cuenta de que estará viviendo lo mismo que cuando espera un gol. Encima puede pasar en cualquier momento, porque el fútbol es tan lindo como impredecible y un centro de Lautaro Martínez destinado a un puntito celeste y blanco que es Enzo Fernández puede terminar en gol.

O al contrario, cuando Egipto sale de contra y son cuatro vs Paredes y el Dibu y no queda otra que temer lo peor. En el instante en que la espera pasa a ser una tortura, una agonía, y las puteadas no aparecen y en su lugar aparece un “Vamos, carajo”, la cosa se matiza. Encuentra su contrapeso. El respiro llega antes.

«Yo me hice entrenador para tener estas emociones, después sufro igual que todos ustedes. La emoción que nos da es inigualable», dijo Scaloni después de Egipto. Lo mismo puede decir un hincha que ve el Mundial por la tele: “Yo me hice hincha para tener estas emociones”. Por eso, si no se puede vencer al delay, quizá sea la solución sea seguir la máxima atribuida a San Lupo de Troyes: «Si no puedes contra el enemigo, únete a él». Cambiar quejas por concentración. Comprender que esa revolución sensorial que se busca al ver un partido puede llegar a través del delay. Si es así, que venga.

Redactor de la sección Internacional [email protected]

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