Los banderazos de los argentinos en la previa de un partido del Mundial son una costumbre desde hace más de una década. La movida comenzó en el cercano Brasil 2014 y se extendió a Rusia 2018, Qatar 2022 y Estados Unidos 2026. No faltan las banderas, los bombos, las trompetas ni las canciones con principio, pero sin final. Las gargantas quedan sin fuerzas después de horas de gritos. La fiesta se armó en Kansas City, Dallas, Miami y ahora en Atlanta, donde el inmenso y hermoso Piedmont Park recibió a cerca de 2.500 hinchas de la Scaloneta. Pero más allá de la pasión, el color y el calor, también existe un lado B: el rebusque. No son pocos los fanáticos que aprovechan estas juntadas para vender lo que sea y así solventar parte de los gastos de la estadía.
Las bebidas son lo que más se ofrece. Y es lógico: el calor se hace sentir con fuerza en casi todos las ciudades de Estados Unidos. Aunque también están quienes montan pequeños puestos para mostrar sus emprendimientos personales. «Soy de Colegiales. Tenemos un proyecto que se llama Rueda de Campo y vendemos el Mate Pampa. Somos los únicos autorizados en Estados Unidos para comercializar la marca en Amazon. Además, contamos con la licencia oficial de AFA. Vinimos solamente para los partidos de Atlanta porque yo viví mucho tiempo acá. Son mates de PVC con plástico y de excelente calidad. En la página estamos vendiendo tres por día, así que estamos muy contentos», le cuenta Gastón a Clarín.
Desde Haedo y Caballito llegó otro grupo de amigos que creó la empresa Sigschool, dedicada a fabricar remeras y buzos con frases e imágenes de Diego Armando Maradona, entre otros. «Acá venimos a dar a conocer nuestra marca», cuentan. El producto, hay que decirlo, se ve muy bien.
Para los argentinos que viven en Estados Unidos, los banderazos también representan una oportunidad de oro. «Soy Natalia Basso y hace 27 años que vivo en Los Ángeles. Estamos siguiendo a la Selección en un motorhome y vendemos choripanes para cubrir algunos gastos», explica la mujer de unos 50 años. Fiama, en tanto, llegó desde San Lorenzo, Santa Fe, los pagos de Javier Mascherano. «Trajimos de todo para que nos ayude en la travesía. Vinimos siete y tenemos fernet, pilusos, pelucas, cornetas, bufandas, banderas y otras cosas. ¿Lo que más sale? Los gorros y los bolsitos transparentes», dice.
Tampoco faltan las parrillas con la carne sobre las brasas y la leña crepitando, por supuesto. «Venimos desde Berazategui e intentamos prender el fuego en todos los banderazos. Acá, en Atlanta, es donde mejor nos trataron», confía Pablo, que luce una remera de Maradona y del Indio Solari.
Cuando el sol empieza a bajar y los bombos dejan de sonar, los puestos se desarman con la misma rapidez con la que aparecieron. Algunos harán una buena diferencia como para sacar la entrada de reventa, que está en 1500 dólares. Otros apenas recuperaron parte de lo invertido. Poco importa, igual. Al día siguiente volverán a ponerse la camiseta para alentar a la Selección desde la tribuna, desde la calle o el Fan Fest. Porque en cada Mundial los banderazos son mucho más que una fiesta: también son el punto de encuentro donde la pasión argentina se mezcla con el ingenio de quienes encuentran en el fútbol una forma de bancar el sueño de estar cerca del equipo de Lionel Scaloni.
Redactor de la sección Deportes [email protected]
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

