Hace siete años nació en Lincoln este emprendimiento que da trabajo a personas con discapacidad. Amasan 150 prepizzas por día pero sueñan con multiplicar esa producción para llegar a más puntos de la provincia.
La Fábrica de Prepizzas en plena acción en Lincoln.
A eso de las nueve de la mañana ya están los primeros bollos.
En la cocina, todo el equipo con la selfie tomada por Germán Martínez.
¡Marche una prepizza! Se vendan a 1.900 pesos la unidad o 3.600 el pack de dos.
En la Feria Sustentable de los sábados por la mañana.
Todos para uno: arriba, Guillermina Torres, Rodrigo Zani, Melany Alberca, Felipe Carro, Norma García, Alejandro Alonso, Pablo Gilardenghi y la maestra pizzera Marisol Aicardi. Abajo, Daniela Bestoso y Germán Martínez.
Aunque las estadísticas no son muy precisas, se estima que un 10% de la población mundial tiene algún tipo de discapacidad. Es decir, cuatro millones y medio en el país; 1,7 millones en la provincia de Buenos Aires; 4.500 en la ciudad de Lincoln; y de éstos, 9 están en La Fábrica de Prepizzas.
Este proyecto cooperativo y de inclusión sociolaboral nació en marzo de 2019 impulsado por el Área de Inclusión Laboral de la Dirección de Discapacidad de la Municipalidad de Lincoln. El objetivo era generar empleo genuino, inclusivo y sostenible para personas con y sin discapacidad que se encuentran en edad de trabajar pero que muchas veces enfrentan barreras para insertarse en el mercado tradicional.
Los miembros de la Cooperativa de Trabajo La Fábrica de Prepizzas Limitada empezaron amasando por las mañanas unas 30 prepizzas diarias y rápidamente duplicaron y triplicaron la producción.
Hoy es un proyecto consolidado que desde la Unidad Productiva del Centro Comunitario Barrial (CIC) del Barrio Plaza España distribuye su producción en más de 20 comercios de Lincoln (fiambrerías, despensas y supermercados adheridos al programa «Comprá Local»), y los sábados por la mañana en la Feria Sustentable de la Plaza Rivadavia.
El linqueño Germán Martínez, Director General de Discapacidad del municipio desde hace once años y con 25 en el área de la discapacidad, es ideólogo de este proyecto inclusivo.
“Queríamos que se cambiara esa mirada antigua que encerraba a los discapacitados sin respetar sus derechos -cuenta Martínez a DIB-, y crear políticas públicas para revertir esa mirada.
Tuvimos en cuenta dos dos pilares fundamentales: la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad de 2006 -que promueve el acceso a la salud, a la vida independiente, a la inclusión laboral y a la que adhirió Argentina- y el modelo social para terminar con las barreras que suele poner la comunidad a las personas con discapacidad, y que dificultan que se manejen en forma independiente (barreras arquitectónicas, actitudinales, de comunicación, etcétera).
Por otra parte, no hay que olvidar que la discapacidad puede ser cardiológica, respiratoria, sensorial -como la ceguera o de audición-, además de las originadas por enfermedades mentales o la discapacidad intelectual”.
Frente a ese panorama, Martínez y Daniela Bestoso -directora de Discapacidad- coincidieron en la necesidad de avanzar en el terreno de la inclusión laboral, preparando a las personas con discapacidad para que puedan adquirir habilidades laborales, y así acceder a oportunidades de trabajo e independencia.
Entonces surgió la posibilidad de armar un proyecto en uno de los centros integradores comunitarios. puntualmente en su cocina, que estaba desocupada, y que contaba con horno, amasadora, balanza…
“Mi jefa me autorizó el lugar -recuerda Martínez-, pero obviamente no teníamos los fondos ni el presupuesto para arrancar. Aunque sí sabíamos que el producto sería un panificado. Y nacieron las prepizzas. Afortunadamente una empresa de Junín nos dio harina gratis durante los primeros diez meses, y, lo más importante, conseguimos, el capital humano, entre ellos una maestra pizzera y una psicóloga social, para vincular a los integrantes del grupo”.
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Después de los lógicos trámites administrativos, a comienzos de 2020 el INAES (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social) les otorgó la patente cooperativa. Pero de pronto, apareció la pandemia y el desafío de sostener el proyecto en el tiempo apareció más complicado.
El lugar donde trabajaban se convirtió en centro comunitario de salud frente al COVID. Como La Fábrica estaba dentro de las actividades indispensables en pleno confinamiento, tuvieron que mudarse y trabajar en burbujas de tres personas. Y una vez más salieron adelante.
En estos siete años, las prepizzas de La Fábrica se ganaron su lugar en las mesas de Lincoln. “El producto fue aceptado porque es rico, con materia prima de calidad y a un precio de mercado”, señala Martínez.
Los números de la cooperativa cierran bastante, un poco porque no tienen que pagar alquiler al funcionar dependencia municipal, y otro poco gracias a ventajas que le brindan privados para la compra de insumos.
Hoy la ganancia se vuelca en los sueldos y en hacer stock de materia prima. La cooperativa está formada por 16 personas -los que son empleados municipales no cobran honorarios- de las cuales nueve tienen alguna discapacidad -se reparten las ganancias en partes iguales-, más la maestra pizzera, la psicóloga social, un repartidor que entrega los pedidos y dos contadoras que manejan los números.
Para la mayoría de las personas con discapacidad éste es el primer trabajo formal en sus vidas. Lo mismo que para otros dos miembros que si bien todavía no tienen certificada la discapacidad, provienen de contextos sociales “picantes”, que también dificultaron su integración.
La Fábrica está tramitando un subsidio del Instituto Provincial de Asociativismo y Cooperativismo (IPAC) porque al haber obtenido la certificación del Registro Nacional de Establecimientos (RNE) y, recientemente, la del Registro Nacional de Productos Alimenticios (RNPA), está habilitada a vender sus productos fuera de Lincoln, lo que traería mejoras salariales y más puestos de trabajo.
Actualmente se amasan 150 prepizzas por día, pero podrían multiplicar varias veces esa cantidad si consiguen nuevos mercados. “Acá, en Lincoln, ya estamos en todos los negocios», afirma Martínez.
Una prepizza se vende a 1900 pesos y un pack de dos, a 3.600. “Tal vez es un poco más caro que la competencia, pero con una calidad superior”, asegura Martínez.
Las ventas permiten que las personas con discapacidad reciban unos 300 mil pesos por mes, trabajando tres horas diarias. Esos sueldos crecerían -y mucho- si finalmente La Fábrica se expande a localidades vecinas como Junín, Pehuajó, Trenque Lauquen, 9 de Julio y muchas más donde está presente el supermercado cooperativo La Obrera, con el que están en tratativas de abastecer.
La posibilidad de llevar las prepizzas de La Fábrica más allá de los límites de Lincoln impulsa a que cada mañana, a las ocho, el horno y las ilusiones se enciendan para seguir alimentando el derecho de la inclusión laboral.
(para contactar con La Fábrica de Prepiizzas por IG @lafabricadeprepizzas y al 02355-552891)
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