El empate 1-1 frente a Brasil dejó una imagen histórica en el Mundial 2026. Durante varios minutos del partido disputado este viernes, Marruecos tuvo en cancha a once futbolistas nacidos fuera de su territorio, una situación inédita en la historia de las Copas del Mundo. Detrás de ese dato estadístico hay una política deportiva planificada durante décadas y una historia mucho más profunda vinculada a la diáspora marroquí repartida por Europa y América del Norte.

El fenómeno no es casual. Marruecos lleva años desarrollando una estrategia para recuperar futbolistas nacidos en el extranjero pero con raíces familiares en el país. La mayoría son hijos o nietos de inmigrantes que se establecieron principalmente en Francia, Bélgica, Países Bajos y España durante la segunda mitad del siglo XX.

Durante un tramo del partido ante Brasil, Marruecos llegó a alinear a Yassine Bono (nacido en Montreal, Canadá); Noussair Mazraoui (Leiderdorp, Países Bajos); Issa Diop (Toulouse, Francia); Chadi Riad (Palma, España); Achraf Hakimi (Madrid, España); Neil El Aynaoui (Nancy, Francia); Ayyoub Bouaddi (Senlis, Francia); Chemsdine Talbi (Sambreville, Bélgica); Bilal El Khannouss (Molenbeek, Bélgica); Samir El Mourabet (Estrasburgo, Francia) e Ismael Saibari (Terrassa, España), todos futbolistas nacidos fuera del país pero con raíces marroquíes.

La situación refleja una realidad demográfica singular. Se estima que más de cinco millones de personas de origen marroquí viven fuera del país, una cifra enorme para una nación de alrededor de 38 millones de habitantes. Francia concentra la comunidad más numerosa, seguida por España, Bélgica y los Países Bajos.

Durante muchos años, Marruecos perdió la carrera por varios talentos que terminaban representando a las selecciones europeas donde habían nacido. Casos como los de Ibrahim Afellay, Khalid Boulahrouz o incluso Munir El Haddadi, antes del cambio reglamentario de FIFA, fueron ejemplos de una tendencia que preocupaba a la federación.

La respuesta llegó con un trabajo sistemático. La Federación Real Marroquí de Fútbol comenzó a rastrear jugadores desde las divisiones juveniles de toda Europa. Se crearon departamentos específicos para seguir talentos con ascendencia marroquí, mantener contacto con las familias y reforzar el vínculo cultural con el país de origen de sus padres.

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El proyecto tomó fuerza con la inauguración del complejo Mohammed VI, uno de los centros de alto rendimiento más modernos de África. Desde allí se impulsó una política que combinó infraestructura, seguimiento internacional y un mensaje claro: representar a Marruecos no era una segunda opción, sino una elección de identidad.

Los resultados empezaron a verse de manera contundente en Qatar 2022, cuando Marruecos se convirtió en la primera selección africana y árabe en alcanzar unas semifinales mundialistas. Aquel plantel también estaba compuesto mayoritariamente por futbolistas nacidos en Europa.

La imagen de las madres de varios jugadores celebrando dentro del campo después de cada victoria se convirtió entonces en un símbolo de esa doble pertenencia. Futbolistas criados en Madrid, Bruselas, Ámsterdam o París representaban a Marruecos no por una cuestión deportiva sino también emocional y familiar.

Ahora, en el Mundial 2026, el récord de los once nacidos fuera del país vuelve a poner el tema en primer plano. Lejos de interpretarse como una anomalía, en Marruecos lo consideran el éxito de una política que logró transformar a la diáspora en una fortaleza competitiva.

El empate frente a Brasil dejó una curiosidad para los libros. Pero también confirmó que el fútbol moderno ya no entiende de fronteras rígidas. De hecho, la misma situación muy probablemente se dará en este mismo torneo: 25 de los 26 futbolistas de Curazao nacieron fuera de la isla, y debutan este domingo ante Alemania en Houston.