Más de 70 días después, el conflicto con Irán sigue abierto, mientras los mercados celebran el boom de la IA y encadenan máximos históricos.

La guerra con Irán continúa, y ya lleva más de 70 días. La frustración de su autor, el presidente Trump, es notable. Desde la semana dos su intención es terminarla cuanto antes. Lo intenta por todos los medios a su alcance. Se lo comunica al Congreso; incluso, lo manda decir por terceros; y, aun así, no lo consigue. Ensaya múltiples iniciativas para abrir el cerrojo de Ormuz – como la operación Proyecto Libertad – que duran un suspiro y también fracasan. Vocifera amenazas y es lo mismo que nada. Por lo menos, la guerra tampoco se le desborda, aunque esta semana, las hostilidades se reiniciaron. Fue evidente que se cortó el cese del fuego, pero no se rompió nunca la tregua oficial. Washington se ocupó de aclararlo tras cada altercado. Son espasmos de violencia que no se sostienen. Escaramuzas, dijo Trump quién provee la medida de todas las cosas, y además es el locutor principal de la contienda.
¿Sell in May? ¿Dónde? Wall Street compra acciones con ganas desde abril. La guerra le sirvió en marzo para digerir las preocupaciones de arrastre (las desventuras del private equity y del crédito, la incierta convivencia del auge de la inteligencia artificial y el empleo, las valuaciones generosas de los activos). Marzo fue una coctelera y la ocasión para montar una corrección del 10%. Una vez decantada la volatilidad extrema, el mercado bull volvió a escena, redimido y libre de culpas, con una venganza contundente. Mayo preserva el paso firme y decidido. ¿Vender con las noticias? Tampoco. Un día Trump elogia las conversaciones con los iraníes y anticipa un acuerdo de paz inminente. Y en tándem, la agencia Axios señala la existencia de un memorándum de 14 puntos como el corazón del acuerdo que se negocia. Es un borrador sencillo, de una única página. Y Wall Street compra. Más tarde el tiempo se consume, Irán le pone paños fríos y lo desestima, la enésima operación de prensa se escurre en la nada como todas las anteriores…y, de poco importa, los inversores compran también.
El viernes fue el turno de Teherán de comunicar sus puntos de vista. La Guardia Republicana difundió off the record la versión de que el programa de enriquecimiento de uranio no es negociable, tampoco el envío de 400 kilogramos de uranio enriquecido fuera del país ni la cesión del control de la navegación en el estrecho de Ormuz. En otras palabras, diga lo que diga Trump, estamos en fojas cero. Mucho peor que antes de la guerra, cuando regía la libertad de navegación. Pero todavía la situación se puede complicar más. El mismo viernes, la prensa iraní informó sobre los planes para imponer el control regulatorio – y exigir el pago de peaje y comisiones de servicios – sobre los siete cables submarinos que pasan por el estrecho y que permiten el tráfico de data e internet entre el Golfo, Asia y Europa. Esa infraestructura fue realizada específicamente en territorio de Omán para evitar la interferencia iraní. Queda claro, como mínimo, que podrían ser el próximo objeto de destrucción si la violencia escala.
La Bolsa no desentonó. También subió el viernes. El índice S&P 500 trepó 0,8% y cerró la semana – luego de escalar 2,3% – en un récord flamante, a tiro ya de los 7400 puntos. Es su sexto avance semanal consecutivo, la racha ininterrumpida más prolongada desde octubre 2024. Nuevamente, la tecnología es el sector que protagoniza el accionar más electrizante. El Nasdaq subió 1,7% el viernes y 4,5% en la semana estableciendo nuevos máximos absolutos. Sobresale la bonanza vertiginosa de la inteligencia artificial (IA) que impulsa la demanda de semiconductores a la velocidad de un rayo. El índice respectivo, SOX, acusa un auge frenético: +5,5% el viernes; 11,1% la semana y 66,2% en lo que va del año.
Trump se atascó en el laberinto de Ormuz. La Bolsa no tiene ataduras. Los balances le pusieron alas y la tregua del 7 de abril, que suprimió la lluvia de misiles, le permite volar más y más alto sin temores. La rentabilidad que prometían las empresas cuando comenzó la temporada de balances se duplicó. Y no hablamos de una moneda. El crecimiento interanual de las utilidades por acción del S&P500 se proyectaba en un muy vigoroso 13,1% a fin de marzo. Semana tras semana, desde entonces, hubo que corregir la estimación hacia arriba. La última cifra: 27,7%. Desde el cuarto trimestre de 2021 (32%) que no se observaba un guarismo tan alto.
¿Qué es lo que pasa? ¿Es la economía, estúpido? ¿O es, estrictamente, el boom de la IA? Desde ya, la IA requiere un gasto extraordinario en la infraestructura que la soporta, y supone un bonus de inversión física. Pero, recordemos el informe de Cetrini Research que tanto preocupó antes de la guerra, ¿qué acontecerá con el empleo? El viernes, pródigo en información, se conoció el informe laboral de abril. Y aportó un efecto tranquilizante, que, por cierto, en Wall Street nadie solicitaba, pero nunca está de más. El ánimo del consumidor, sin ir más lejos, está por el suelo y no le vendrá mal enterarse: EEUU creó 115 mil puestos de trabajo en abril. La tasa de desempleo no varió: 4,3%, un nivel muy mesurado. No hay rastros de colisión.
Las quejas del consumidor, de hecho, no apuntan a la IA tampoco. Un tercio cita la suba del precio de los combustibles. Otro tercio, el aumento de aranceles. La inflación incomoda, y esta semana, tiene más chances de patear el avispero. La crisis de energía – que sigue ausente en los balances y en el guidance que ofrecen las compañías – arrimará el bochín de la inflación general muy cerca de 4% en abril. Es ahí donde habrá que estar más atento. Menuda tarea le espera a Kevin Warsh cuando tome el mando en la Fed. Trump le pedirá que baje las tasas (es lo que exige siempre). Y quizás le eche en cara su propia teoría que vincula la irrupción de la IA con una merma de la tasa de interés natural de la economía. Una tesis dudosa, pero conveniente para llegar a la cima del banco central de la mano del presidente. Pero no hay mal que por bien no venga. Con ese dilema por delante, Wall Street preferirá mantener la exposición en el rally accionario (y cubrirse en salud) antes que desensillar y recalar en la renta fija.
Ambito

