El fetichismo de apuntar contra los que no tienen casi nada

Larreta pidió quitarle los planes sociales a quienes cortan la calle. El humor social lo valida: ese es el problema más profundo. Una cita de César González para descomprimir tanta demonización de la marginalidad. ...

PorRedaccion SME

Abr 6, 2022 #Nacionales

«En la descompaginación de la experiencia con la conciencia acomodamos el sentido del mundo. A la experiencia de ser oprimido, más que negarla, le ponemos otro nombre. A la opresión algunas personas prefieren llamarla Cultura del trabajo o El que quiere puede, y nuestras experiencias se reflejan con discursos ajenos», escribió con su habitual lucidez el poeta y cineasta César Gónzalez en su reciente libro El fetichismo de la marginalidad, una obra que reúne una serie de ensayos que buscan combatir a las representaciones hegemónicas que viven demonizando a los que menos tienen, a los oprimidos de un sistema que sólo los mira para juzgarlos con una vara inflexible. 

En las últimos días el debate público se direccionó de forma agresiva contra quienes transitan las fronteras de la marginalidad. Luego de los tres días de acampe que llevaron adelante organizaciones sociales en pleno centro de la Capital Federal, el jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, tiró la primera piedra para avivar a una sociedad indignada: propuso quitarle los planes sociales a quienes participaron de la protesta. El alcalde porteño dijo «sentir mucha bronca», trató de «cobardes» y «extorsionadores» a los manifestantes y le pidió enfáticamente al Gobierno nacional que les quite la ayuda social. Uno de los argumentos utilizados para sustentar su enojo fue «la utilización de los chicos como escudo».

Para Rodríguez Larreta del laberinto siempre se sale por arriba. El mandatario, siempre pendiente del humor social que lo rodea, se refirió a un tema urticante e hizo su aporte: reclamó sanciones contra los piqueteros que dejaron sin Metrobus a los porteños por casi 72 horas. Los dichos más que buscarle una solución viable al problema, que hasta el momento el Ejecutivo nacional tampoco puede siquiera contener, parecieran tener como único objetivo sacar rédito político. El jefe de Gobierno se calzó nuevamente el traje de vecino y dijo lo que mayoría de la gente vocifera en sus casas o conversa con sus compañeros de trabajo. «El problema es que no quieren laburar», es uno de los latiguillos más repetidos y escuchados.

Otro de los axiomas más instalados es recurrir a la frase que enuncia que «el derecho de uno termina cuando empieza el del otro». Una oración muy florida para decir pero que a veces resulta impracticable en nuestra realidad. Es innegable que muchos trabajadores se vieron afectados por las protestas de la semana pasada y que este episodio no fue una excepción, se repite a menudo en las calles capitalinas y del gran Buenos Aires. Los cortes de tránsito generan una odisea para quienes quieren llegar a tiempo sus destinos. Pero, ¿qué tan pequeño queda este inconveniente con el que sufren mucho que estuvieron a la intemperie en la 9 de julio? No tener para comer, tan simple y duro como eso.

Lee También:  Facundo Macarrón dijo que dos de las testigos quieren defender al empresario Michel Rohrer

Los principales medios abrieron el juego y le dieron voz a su público, que como era de esperarse no vaciló en descargar su bronca contra los manifestantes. Las generalizaciones son siempre injustas, pero 7 de cada 10 opiniones fueron en esa dirección. En una conocida radio capitalina, un periodista deportivo alzó su voz y el conductor del programa lo frenó con buen tino y le preguntó porque no existe la misma indignación contra los millonarios que fugan las plata del país. ¡Son cosas distintas, no mezclemos!, respondió el panelista con enojo. Este tipo de reflexiones contienen unos de los principales culturales a la hora de hablar de pobreza y marginalidad: la balanza siempre se inclina con fiereza hacia la parte de abajo del andamiaje social. ¿La desigualdad estructurante y la extraordinaria fuga de divisas no inciden en que el país tenga 17 millones pobres? ¿Qué sería de estas personas si se les quita la exigua ayuda que reciben? Reclamaban comida para los merenderos, lugares que durante la pandemia tuvieron un rol imprescindible para los no tenían un plato en su mesa.

Las declaraciones de Rodríguez Larreta son un problema para quienes imaginamos una sociedad más igualitaria, pero encierran otro que tal vez sea peor: la aceptación social de apuntar contra aquellos que no tienen casi nada. Para que esto sea así hay una maquinaria mediática, cultural y política que funciona sin fisuras. «La fábrica de mounstruos», como señala César González en su mencionado libro. «En nuestro país, los villeros, desde la reinstauración de la democracia, pasaron a ser la fórmula más eficaz para determinar la ubicación exacta de la violencia y lo que hay que extirpar del cuerpo social para que mejore su salud… La monstruosidad debe ser bien representada para lograr asustar». Más César y menos Rodríguez Larreta, sería un buen antidoto para soñar con que nuestras utopías se hagan realidad.  

Fuente: ElPais Digital