No resulta para nada sencillo, cuando nuestros hijos e hijas crecen el poderlos controlar a cuando son pequeños; suelen seguir o acatar todas las orientaciones o decisiones que tomen sus padres (mamá y papá) en ocasiones con cierto equilibrio por parte de ambos “hablan el mismo idioma” o simplemente queda al encargo de la madre – en atenderlos – y del padre en la posición del que llama la atención o regaña, “sino te comes lo servido se lo digo a tu padre, o no querés estudiar, ahí tu padre se va a molestar” (o ponerse arrecho)

Cuando a la “vuelta de la esquina” entran en la adolescencia y un poco más, rondando los 17 ó 18 años, donde ya pretenden (al menos las y los más avezados, de mayor responsabilidad y madurez) “esto lo hago porque sí”, sin consultar, tiene posiblemente tres opciones: “Salir por la puerta ancha, golpearse con la puerta o medio que abrirla”, que de alguna manera u otra es lo que nos sucede a todos en la vida, experimentando con ensayo – error, sin distinción de edad y prácticamente en todos los ámbitos.

¿Y en la universidad? Mencionábamos que, con el crecimiento, los y las jóvenes se inclinan a la independencia, por una parte, por la otra si los padres dejan de ser paternalistas y maternalistas con sus hijos e hijas, podría ser probable que estos últimos caigan en un estado de indefensión, basado en la exigencia de la ALMA MATER, que resulta otro mundo, que no es el bachillerato.

Se rompe un tanto el acercamiento estudiante – docente, del subsistema de educación anterior; se supone que sea mayor el nivel de complejidad de los contenidos, se le suma un docente que no necesariamente permanece todo el tiempo en la institución. ¿Y el papel del docente, merma en el plano educativo? A veces se escuchan ciertas tendencias, una de ella: “Debieran ser más responsables”, “… para bacanalear si son buenos, pero para estudiar, dejan de desear…”, “Si salen aplazados ese es su problema”

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Frases donde pudiera aparentar un “real campo de batalla”, como si el estudiante fuese el “enemigo”, y que en el fondo cuando él o la estudiante manifiesta poco interés por el estudio, la “luz roja”, nos está indicando que hay deficiencias en la formación en valores de ese estudiante.

¿Acaso el docente más allá de transmitir contenidos, asigna responsabilidades, exige?, ¿compromete al estudiante con la entrega de trabajos o para aquellos que no entregan media solo el silencio, y al final la nota es cero?

¿Qué decir, cuando se está desarrollando una clase y el docente tiene delante de sus narices, – y al parecer pasan desapercibidos – jóvenes universitarios, con los pies colocados en otras sillas, mal sentados, otros sentados al fondo del aula, unos chateando, otros sin tomar notas, unos pendientes de lo que sucede fuera del aula, en el pasillo…?

Resulta elemental, que, si esto es real, la clase que se está desarrollando no es la mejor, y casi seguro que los resultados serán catastróficos, no solo en esa aula, sino en todas aquellas donde existe la falta de control del profesor o profesora a la indiferencia. Indiscutiblemente un problema que requiere ser atendido.

Fuente: ElPais Digital

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