Los amores y las pasiones no se eligen ni se imponen, cuando se sienten se abrazan y no se sueltan más. No tienen certificado de defunción, dejan en nosotros una huella indeleble.
Esa mañana me desperté antes de las 7, hubiese querido dormir un poco más, pero tenía en claro que no iba a poder por más que lo intentase. Sentía una tensión impostergable. Siempre me ocurría lo mismo ante una eventualidad de semejante envergadura, y ese día no iba a ser un día más, no tenía ninguna duda de eso.
Como un acto instintivo prendí la radio y me quedé mirando el techo varios minutos. No distinguía las voces que provenían de la vieja spika, sólo escuchaba los sonidos de mi imaginación. Burgos; Hernán Díaz, Celso Ayala, Berizzo, Placente; Monserrat, Astrada, Sorín; Gallardo; el Enzo y “el chileno” Salas. Repasé esos nombres en mi mente una vez más. La enésima en las últimas horas. El ejercicio era una especie de escudo protector ante una posible y trágica derrota.
Presentía, de todas formas, que era imposible que el destino se atreviera a jugarnos una mala pasada. Era mi primera vez y las cosas no podían terminar mal.
La casa todavía estaba en silencio, pero sabía que no iba a pasar mucho tiempo hasta que mi viejo se levantara a preparar unos mates. Los primeros que, como todas las mañanas, inauguraban la jornada. Era también la señal implícita para que yo me levantara. No hacía falta ni siquiera un llamado, yo siempre estaba alerta a ese movimiento para arrancar el día y mucho más si teníamos un viaje por delante.
La noche anterior había dejado la camiseta lista, lavada y planchada, extendida en el respaldo de la silla. Era mi uniforme indispensable para afrontar la batalla venidera. Cuando salí de la cama lo primero que hice fue tocarla, acariciar el escudo y oler el perfume del suavizante que usa mi vieja. La extendí nuevamente y bajé a desayunar.
-¿Y sebi, cómo te preparás para hoy? – me dijo mi viejo cuando me vio desde la cocina.
-Bien bien, no pude dormir mucho por los nervios.
Me alcanzó un mate y trató de calmar mis ansias.
-Quedate tranqui, hoy le metemos 3. Los bosteros se van a querer matar si somos campeones de nuevo.
No había sido un año fácil para mí. Explorar la adolescencia me resultaba una tarea para nada grata, más bien por momentos se volvía un camino oscuro y sin sentido. Los inmejorables tiempos de la niñez habían quedado tapados por días llenos de frustraciones e incertidumbres.
Para sorpresa de mis viejos, en la escuela no daba pie con bola, con mis amigos empezaba a experimentar una distancia inexplicable y para las chicas… para las chicas era un ser invisible. Con 13 años recién cumplidos daba lo que fuera por volver el tiempo atrás o lograr que pase rápido hasta llegar a la adultez. Quería cualquier cosa menos permanecer en ese espacio temporal y me preguntaba con frecuencia si al resto de los chicos le sucedía lo mismo.
Por eso, el fútbol… mejor dicho el fútbol, mi viejo y River se volvieron en esos años un universo que me cobijaba y me resguardaba del resto. Frente a un mundo aciago, me recibían, no me juzgaban y mucho menos me fallaban. Estaban ahí siempre, pase lo que pase, como yo para ellos. Una simbiosis perfecta.
Las más de cuatro horas de viaje hasta capital permanecí callado, escuchando con atención las anécdotas de mi viejo, por más que ya las sabía de memoria: sus días como jugador de fútbol en el Deportivo de Maipú y la selección del pueblo, el padecimiento de los 18 años sin salir campeón hasta que el equipo de Angelito nos sacó de ese letargo insoportable y el relato de las mejores jugadas de las viejas glorias, desde las atajadas del gran Amadeo hasta los golazos del Beto Alonso. Su voz poblaba de alegría mis silencios.
A medida que transcurrían los minutos y se acercaba la hora no podía hacer otra cosa que pensar en el partido. En el fútbol, en mi viejo y en River.

Dejamos el auto en el estacionamiento a pocas cuadras de la cancha. Mientras caminábamos, mi viejo prendió la radio y las voces de Víctor Hugo y Apo nos instalaron de manera definitiva en la atmósfera del partido. Alrededor nuestro comenzaron a surgir un sinfín de banderas y camisetas rojas y blancas. Gente cantando, abrazada, feliz y expectante. Detuve unos minutos mis pasos para contemplar todos los detalles y fijarlos en mi memoria.
Cuando tuve a ese gigante frente a mí, que tantas veces había visto por la tele, quedé deslumbrado. Mi viejo me palmeó la espalda y me dijo que pose para una foto. Justo cuando sacó la cámara Kodak pasó un vendedor de gorros y lo llamó para comprarme uno.
-Dale ponetelo Sebi, qué lindo te queda, y con el Monumental atrás es una fotaza- dijo y largo unas de sus típicas carcajadas, esas que destilan una contagiosa felicidad.
Pasamos los controles, subimos las escaleras y nos instalamos en la platea San Martín. Miré para los cuatros costados, otra vez perplejo por el escenario. La voz del estadio dio a conocer la formación. Los mismos nombres que había repasado en mi mente hasta el cansancio.
Esa noche fuimos testigos privilegiados de una de las tantas cátedras de fútbol que brindó el equipo de Ramón Díaz. El resultado no estuvo nunca en peligro, ni siquiera cuando el Enzo erró el penal. El héroe de la noche fue el chileno Salas que tuvo una actuación estelar y selló el resultado. 2 a 1 y campeones, ante el temible San Pablo de Brasil. 2 a 1 para enfundarme en un abrazo eufórico con mi viejo. 2 a 1 para atesorar ese recuerdo por siempre.
Llegamos a casa de madrugada, yo tenía pocas horas para dormir porque a la mañana siguiente tenía que ir a la escuela a retirar el boletín de calificaciones, que como bien sabía me auguraba un verano de mucho estudio para tratar de remontar mi floja performance y no repetir de año.
Cuando entré a la sala de profesores, enseguida Silvia, mi preceptora, me interceptó y con su voz grave e inquisidora lanzó la primera estocada dispuesta a hacerme daño.
-Tarde Reinaga, lo estábamos esperando.
-Aquí estoy, me demoré un poco porque no pude dormir mucho.
– Miré usted, se le nota la cara de dormido.
Hizo una pausa, frunció el entrecejo y me clavó la mirada.
-Lo que no sé es porque tiene esa sonrisa dibujada, si sus notas son pésimas. Si sigue así va a repetir- Sentenció e hizo un gesto de estar satisfecha con su intervención.
Para lo que no estaba preparada Silvia era para mi reacción ante su sombrío pronóstico.
-No importa, Silvia. ¡Somos campeones de la Supercopa, y anoche mi viejo me llevó a conocer el Monumental! ¿Me entiende? ¡El Monumental!
Antes de mi retirada triunfal, para que no queden dudas de mi frase de epopeya, me desprendí el guardapolvo y dejé al descubierto la camiseta de River que todavía tenía puesta.
Fuente: ElPais Digital
